EAST AND WEST, DEL ESTE AL OESTE

jueves 6 de octubre de 2011

La mañana comenzó de perlas en casa de María.

Además de café y un montón de dulces para acompañar, María había dispuesto una serie de cajas sobre la mesa del comedor llenas de diferentes abalorios con un denominador común: perlas traídas de Shanghai.

Después de saludar a las más madrugadoras nos abalanzamos sobre las cajas. Perlas, perlas, perlas!

Estaban repletas de saquitos de vivos colores, y al lado muy ordenadamente se apilaban pañuelos y pasminas vistosos, además de otros pequeños artilugios con un toque exótico, como marcadores de páginas para el libro de mesilla.

Una docena de manos revolvía entre las cajas de saquitos que dejaban entrever pulseras, anillos, gargantillas, y collares y la misma docena de ojos buscaba  la joya más de su gusto.

Revolver lleva su tiempo. Sobre todo porque cuanto uno más revuelve menos encuentra.

Revolver también confunde. Las manos se mueven más rápido que el cerebro y para cuando te das cuenta de que una pieza te gusta ya la has soltado.

Luego surge la duda. Me llevo el rosa o el verde, me llevo uno o tres para regalo. Y el celo. Yo quería una pulsera igual a la tuya.

Y pierdes la noción de la medida, del número y sobre todo, del tiempo.

Llamamos al restaurante para retrasar el almuerzo.

Me compré cinco anillos casi iguales muy recomendables para mi futura artrosis, con un elástico cubierto de perlitas finalizando en dos ruedas de brillantitos y una piedra de color en el medio. A día de hoy sólo me quedan tres. Uno se reventó cuando metí la mano en el bolsillo de mi pantalón vaquero de Zara. Del otro guardo una perlita de recuerdo de las decenas que saltaron por los aires cuando saltaba en el trampolín con mi hija.

Por suerte un reducido grupo que había terminado su compra se adelantó al restaurante.

El resto continuábamos revolviendo, dudando y pagando. Me quedé sin blanca pero a cambio tenía un puñado de saquitos de colores.

Se decidió ir caminando a nuestro destino. Resultó estar más lejos de lo esperado, o al menos esa era la sensación para las que llevaban tacones, cuesta abajo, y aunque se nos pedía que aceleráramos el paso, intuitivamente uno sabe que no se debe de hacer. Es arriesgado. Te puedes torcer un tobillo o caerte de bruces, o las dos cosas.

Después de dejar la estación de Sins a la izquierda, y pasar por debajo de un túnel  llegamos al restaurante. Estaba construido en madera, al estilo del lejano oeste o Far West. Podríamos imaginarnos almorzando en Arizona perfectamente. Aunque nunca he estado en Arizona, tampoco en Shanghai. El interior muy espacioso y vacío a excepción de dos hombres vestidos en monos de trabajo. En el porche al lado de una mesa ocupada por un puñado de trabajadores, se encontraba el primer grupo que ya había terminado su ensalada y su sopa del menú, y comenzaba con el plato principal.

Algunas chicas pidieron una ensalada más grande en lugar de la sopa, pero la mecera, como dirían mis queridas amigas, tomó el pedido incomprensiblemente como un plato aparte, a mayores del menú, lo que resultó en una pequeña discusión, aclarada enseguida gracias al dominio del alemán, al temperamento, y a la buena voluntad.

Ileana propuso comprar lotería de Navidad en España juntas para compartir la suerte, igual que compartimos almuerzos todos los jueves.

Y como tenía prisa, estaba desplumada, y el local no admitía el pago con tarjeta, me vino a rescatar mi vaquero en nuestro caballo Gran Scenic. Y allí os dejé, solitas, en el Far West.

LUNCH IN THE SKY

jueves 22 de septiembre de 2011

Ojalá tocar el cielo fuera cuestión de pulsar un solo botón como en el ascensor que nos subió al Skylounge. Lo queríamos ver todo desde allí arriba pero el día no amaneció tan claro como hubiéramos deseado. Desde el cielo todo se ve, sino diferente, al menos diminuto. Como si observaras la maqueta de una ciudad desde un cristal, con sus trenecitos, arbolitos, laguito, suicitos, sólo que en este caso, las que estábamos dentro de la caja de cristal éramos nosotras. La decoración del Skylounge es moderna y cuidada en todos los detalles. Os recomiendo visitarlo de nuevo de noche para apreciarlos mejor. Si os fijáis las mesas son de espejo, que además de ser muy útiles para comprobar que seguimos radiantes a lo largo de todo el almuerzo y podernos retocar el gloss antes de sorber nuestros cafés, reflejan las lámparas como burbujas que cuelgan del techo oscuro como la noche, que a su vez se multiplican en los cristales. Pareciera que la ciudad y sus luces se prolongasen hasta dentro del lounge, o que estuvieras suspendida en el aire formando parte de este espectáculo de brillos. El sonido es otro cantar. Si quieres disfrutar de la música, vete al lavabo.

Ocupamos tres mesas, que al llegar las 3 de la tarde se redujeron a una, como suele pasar cuando algunas de nosotras tenemos compromisos que atender como.. recoger a nuestros hijos del colegio. Cuando en la primera mesa terminaron el almuerzo nos sirvieron el nuestro en la tercera. Muy descoordinados. Buena calidad pero el menú caro y poco abundante. En palabras de una amiga que compartió almuerzo, “es un lugar al que volvería para tomar un café o una copa y disfrutar de sus magnificas vistas”. Oye y siempre hay una par de viejitas en la mesa de al lado que no paran de girar la cabeza, no se si asombradas, pero seguro que celosas de lo bien que lo pasamos. Y para muestra, un botón. Aquí os dejo constancia de esto. Contigo…al cielo.

VIENTO Y SURF LANZAROTE

lunes 18 de julio de 2011

Amigas

Además del jamón ibérico, dormir a pierna suelta y almorzar los jueves con vosotras, me siguen gustando las sensaciones fuertes y después de estos días de vacaciones, añado una a mi lista, el SURF!

Llegamos a la isla de Lanzarote el domingo 10 de julio, cumpleaños de mi querida hija Quela. En el jardín del hotel olía a verano.

El lunes nos desplazamos a la playa de Famara en el noroeste de la isla para informarnos sobre cursos de surf. No sabíamos que, concretamente en el mes de julio, y sobre todo en esta playa de surferos, los vientos alisios soplan con mucha fuerza, tanta que debía dejar las chanclas bajo unas piedras para que no se las llevara el aire.

Las diferentes escuelas de surf se identificaban por los diversos colores de las camisetas de Lycra que se colocan encima del traje de neopreno. Cada franja de la vasta playa se destinaba a un grupo específico. Observamos algunos y nos decidimos por los rojos, aunque nos parecía muy numeroso, y los verdes. Hablamos con ellos y optamos por los primeros porque nos daban la opción de contratar medio día y dedicar la tarde a otras cosas. La playa Famara no invitaba a hacer castillos en la arena, por lo que el martes yo me quedé con mis peques en la piscina del hotel en costa Teguise, por cierto también muy castigada por el viento, y Coen, Martein y Guillem comenzaron con el surf. A su vuelta contaban  maravillas. Me picó el gusanillo y el miércoles me uní al grupo de Famara, después de haber arreglado babysitter y miniclub para Pablo y Quela.

Por suerte me sirvió el primer traje que me probé, y después de los necesarios ejercicios de estiramientos con el numeroso grupo de adolescentes pasamos a la parte teórica, un par de nociones y al mar con la tabla.

En el surf cuando has elegido tu ola, debes tumbarte sobre la tabla, el cuerpo recto, y remar para ayudar a que la ola te lance. Cuando sientes que te ha impulsado suficiente toca montar la ola poniéndose de pie, flexionando las rodillas, a poder ser en un único y calculado movimiento. Y luego viene lo más difícil, mantenerse, como en la vida.

Después de hora y media en el agua noté un cansancio indescriptible, como si hubiera cruzado océanos a nado, pero también gocé del mar como nunca, y me sentí muy feliz unida a él. Me sentí viva.

Y todos los días que siguieron, volvimos a Famara a cabalgar sobre las olas.

El viernes descubrí lo que, junto a esta playa, resultó ser lo más gratificante de la isla: el restaurante El Risco en Caleta de Famara, gestionado desde hace tres años por Marco, un isleño correctísimo, profesional y guapo, y un gran equipo. Desde nuestra mesa, separada de las rocas y el mar por un cristal, se divisaba toda la playa, la isla de la Graciosa, un poco de la Alegranza, las cometas de kitesurf, y como telón de fondo el enorme risco que da nombre al restaurante. Medregal en escabeche templado, cherne al cilantro, lapas, gambas de la isla o pulpo a la plancha con pimentón picante, su plato estrella, me hicieron aún más feliz. Todo regado con unos riquísimos vinos blancos como Martinón y Reimar, de uva Malvasía de Lanzarote. Para nuestra sorpresa, en El Risco ofrecen la cerveza Estrella Galicia y el agua mineral Cabreiroá, de mi tierra, Ourense.

El domingo volvimos al Risco, previa reserva eso sí, y mi alegría al ver que con el restaurante lleno nos guardaban la misma mesa.

El apartamento encima del restaurante se alquila a 70 euros al día, una ganga comparado al Gran Meliá Salinas. De haberlo sabido. Aunque los desayunos en el Meliá acompañados de música al piano me emocionaron más de una mañana.

El sábado le dimos un descanso al cuerpo y al despertador del Iphone y visitamos la isla Graciosa en el día de la festividad del Carmen, en la que el pueblo rendía homenaje a sus marineros paseando a a la Virgen, con un séquito de barcos, lanchas y barcazas.

Recorrerla a pie con los niños no era buena idea, en bici era arriesgado por tramos cubiertos de arena de playa, y en un taxi Land Rover de 25 años de antigüedad nos pareció lo más apropiado. Nos llevó a playa Francesa, de agua clara y arena blanca, donde disfrutamos de un buen baño. A 15 minutos andando se encontraba cala Cocina, una playita recóndita a los pies de Montaña Amarilla, muy particular por su color amarillo ocre. Para acceder a la cala subimos una colina cubierta de guijarros y pedruscos puntiagudos que se clavaban como agujas en los pies descalzos de todos, excepto en los míos que calzaban chanclas. Eso me permitió cargar a Pablo al caballito. Casi al llegar, por una rampa imposible, se me rompió la del pie derecho. Me asombró Quela, que se afanó en llegar la primera sin quejarse. Me hizo muy feliz de nuevo ver a mis cuatro niños saltando juntos repetidamente en el agua. Cómo disfrutaron! La vuelta fue un continuo uy y ay pero mereció la pena. Yo cedí mi única chancla a Martein, que se rompió una uña contra una piedra.

Dos horas después nos recogió el taxi para darnos un tour por otros lugares. Terminamos el recorrido en una de las playas más maravillosas que he visto jamás. La playa de las Conchas. Una amplia media luna de arena fina y clara, mar embravecido, de olas asesinas que llamaban a jugar con ellas. A Guillem le tiró una y pensé que le tragaba. Grité. Se acabó el juego. Cuando nos íbamos mi chancla y yo nos volvimos para echar un último vistazo. Un haz de luz que se filtraba entre las nubes teñía el mar de plata. Y lo filmé.

Lanzarote es una isla para ir en chanclas. Las mías duraron hasta el penúltimo día, el de la Graciosa.

Lanzarote es roca volcánica, es jameos, es mar, viento y cielo amenazantes. Es amabilidad y misterio.

El mar, el cielo, el suelo, te intimidan pero te dejan disfrutar de ellos.

Y fuimos felices.

CRÓNICA EN BABEL

martes 8 de abril 2011

Agarré la calandria para ir de paseo con mis chinos. No tomé la buseta con los peludos porque por los parlantes se oía la musica a todo volumen, y no quería tronarme con el chófer del pecero, además que el tipo era un sangrón. Dale, se hace tarde.

Cogí el coche de caballos para ir de paseo con mis niños. No cogí el bus con los niños porque por los altavoces se oía la música a todo volumen, y no quería enfadarme con el conductor del autobús, además el tipo era un engreído. Vamos, se hace tarde.

Calandria, brevete, chinos, coger,  peludos, buseta, bocina, parlante, tronar, sangron.

Palabras.
Español.
Comunicación.
Babel.

Este es el pan de cada día en nuestros almuerzos de los jueves.
Qué riqueza de idioma y qué suerte tenemos de poder disfrutarlo.
La mesa cubierta de papeles esparcidos escritos a mano. Un sobre que viajaba de unas manos a otras se hacía, con el paso de los minutos, más pesado. Todas las interesadas introducíamos una contribución como fondo para sufragar futuros gastos de la citada fiesta en crónicas anteriores. Se pedía atención, y esta vez en serio. Se cerraron acuerdos, la paella (la primera vez que hicimos paella en mi casa olvidamos el azafrán, quedó bautizada como paella blanca), se sustituyó por gazpacho (los míos conocidos hasta en Holanda). Yo eché mano de la receta que muy amablemente me apuntó Angel, del restaurante del hotel Palacio de Tepa en Madrid, nuestro ángel de la sangría, que escribió lo que yo no atiné a escribir la noche anterior, en un post it, cantidades exactas de ingredientes para conseguir un perfecto combinado de sangría. Gracias Angel!
Para nuestra sorpresa Viviana, bellísima,  pudo disfrutar del almuerzo de principio a fin esta vez, y me encantó escucharla contar sus historias interesantes de otros tiempos no muy lejanos, mientras enriquecía mi español de vocablos mejicanos.  Mónica también contó alguna anécdota divertida en su español  y tomé nota en mi Iphone de colombianismos, y nos reímos un rato.
El restaurante Maienrisli Brasserie en Baar que siempre cierra a las dos, excepto los jueves que almuerzan las chicas hispanas, tenía como todos los demás sus más y sus menos, su plus y sus contras.

Plus: estábamos juntas.
Contra: cualquier ensalada que se pida, ya sea de entrante o como acompañamiento en el segundo plato se baña generosamente en salsa francesa. Importante: acordarse de pedirla sin salsa.

Plus: el entrecote al punto que pidieron  Lorena y Manuela, se saboreaba tierno sólo con mirarlo.
Contra: el estrés. No nos gusta. No estamos acostumbradas a ademanes y gestos de estrés, pero es lo que tiene ceñirse a un horario con una mesa de cotorras que tardan en pedir.

Plus: el parking de Coop y Migros justo al lado del restaurante es muy amplio.
Contra: el vitello tonnato de pavo estaba escondido debajo de la salsa. Y alguna de nosotras no lo terminó.

Plus: el capuchino estaba muy rico acompañado de su galletita.
Contra: se olvidaron de un café que luego pretendieron cobrar. Cosas del estrés.

Plus: el plato de pescadito crocante tenía muy buen buen aspecto.
Contra: a eso de la 14.55, nos pidieron literalmente que nos fuéramos.

Plus: lo pasamos muy bien.
Plus: lo pasamos requetebién.
Plus: lo pasamos padrísimo, chévere.

En la terraza al sol tenían unas mesas donde Eve remató sus anotaciones y por poco la dejamos allí sola rodeada de más papeles.

Próximo encuentro, según he entendido, podría ser un grill en casa de Lorena.
Muchas gracias a Marian por organizar el almuerzo. Por cierto, seguro que me perdí algo  que contaste sobre el bautizo de tu ahijado y vuestro fin de semana en Escocia, porque yo, este jueves,  escuché las historias a  mi izquierda, allí, en Babel.

Eramos todas las que estábamos, pero no estábamos todas las que somos. Besos a las no presentes.
Disfrutad!

En la foto que añado ya se había marchado Martha y nos habían recogido los platos.

Muchos besos

Raquel