Amigas
Además del jamón ibérico, dormir a pierna suelta y almorzar los jueves con vosotras, me siguen gustando las sensaciones fuertes y después de estos días de vacaciones, añado una a mi lista, el SURF!
Llegamos a la isla de Lanzarote el domingo 10 de julio, cumpleaños de mi querida hija Quela. En el jardín del hotel olía a verano.
El lunes nos desplazamos a la playa de Famara en el noroeste de la isla para informarnos sobre cursos de surf. No sabíamos que, concretamente en el mes de julio, y sobre todo en esta playa de surferos, los vientos alisios soplan con mucha fuerza, tanta que debía dejar las chanclas bajo unas piedras para que no se las llevara el aire.
Las diferentes escuelas de surf se identificaban por los diversos colores de las camisetas de Lycra que se colocan encima del traje de neopreno. Cada franja de la vasta playa se destinaba a un grupo específico. Observamos algunos y nos decidimos por los rojos, aunque nos parecía muy numeroso, y los verdes. Hablamos con ellos y optamos por los primeros porque nos daban la opción de contratar medio día y dedicar la tarde a otras cosas. La playa Famara no invitaba a hacer castillos en la arena, por lo que el martes yo me quedé con mis peques en la piscina del hotel en costa Teguise, por cierto también muy castigada por el viento, y Coen, Martein y Guillem comenzaron con el surf. A su vuelta contaban maravillas. Me picó el gusanillo y el miércoles me uní al grupo de Famara, después de haber arreglado babysitter y miniclub para Pablo y Quela.
Por suerte me sirvió el primer traje que me probé, y después de los necesarios ejercicios de estiramientos con el numeroso grupo de adolescentes pasamos a la parte teórica, un par de nociones y al mar con la tabla.
En el surf cuando has elegido tu ola, debes tumbarte sobre la tabla, el cuerpo recto, y remar para ayudar a que la ola te lance. Cuando sientes que te ha impulsado suficiente toca montar la ola poniéndose de pie, flexionando las rodillas, a poder ser en un único y calculado movimiento. Y luego viene lo más difícil, mantenerse, como en la vida.
Después de hora y media en el agua noté un cansancio indescriptible, como si hubiera cruzado océanos a nado, pero también gocé del mar como nunca, y me sentí muy feliz unida a él. Me sentí viva.
Y todos los días que siguieron, volvimos a Famara a cabalgar sobre las olas.
El viernes descubrí lo que, junto a esta playa, resultó ser lo más gratificante de la isla: el restaurante El Risco en Caleta de Famara, gestionado desde hace tres años por Marco, un isleño correctísimo, profesional y guapo, y un gran equipo. Desde nuestra mesa, separada de las rocas y el mar por un cristal, se divisaba toda la playa, la isla de la Graciosa, un poco de la Alegranza, las cometas de kitesurf, y como telón de fondo el enorme risco que da nombre al restaurante. Medregal en escabeche templado, cherne al cilantro, lapas, gambas de la isla o pulpo a la plancha con pimentón picante, su plato estrella, me hicieron aún más feliz. Todo regado con unos riquísimos vinos blancos como Martinón y Reimar, de uva Malvasía de Lanzarote. Para nuestra sorpresa, en El Risco ofrecen la cerveza Estrella Galicia y el agua mineral Cabreiroá, de mi tierra, Ourense.
El domingo volvimos al Risco, previa reserva eso sí, y mi alegría al ver que con el restaurante lleno nos guardaban la misma mesa.
El apartamento encima del restaurante se alquila a 70 euros al día, una ganga comparado al Gran Meliá Salinas. De haberlo sabido. Aunque los desayunos en el Meliá acompañados de música al piano me emocionaron más de una mañana.
El sábado le dimos un descanso al cuerpo y al despertador del Iphone y visitamos la isla Graciosa en el día de la festividad del Carmen, en la que el pueblo rendía homenaje a sus marineros paseando a a la Virgen, con un séquito de barcos, lanchas y barcazas.
Recorrerla a pie con los niños no era buena idea, en bici era arriesgado por tramos cubiertos de arena de playa, y en un taxi Land Rover de 25 años de antigüedad nos pareció lo más apropiado. Nos llevó a playa Francesa, de agua clara y arena blanca, donde disfrutamos de un buen baño. A 15 minutos andando se encontraba cala Cocina, una playita recóndita a los pies de Montaña Amarilla, muy particular por su color amarillo ocre. Para acceder a la cala subimos una colina cubierta de guijarros y pedruscos puntiagudos que se clavaban como agujas en los pies descalzos de todos, excepto en los míos que calzaban chanclas. Eso me permitió cargar a Pablo al caballito. Casi al llegar, por una rampa imposible, se me rompió la del pie derecho. Me asombró Quela, que se afanó en llegar la primera sin quejarse. Me hizo muy feliz de nuevo ver a mis cuatro niños saltando juntos repetidamente en el agua. Cómo disfrutaron! La vuelta fue un continuo uy y ay pero mereció la pena. Yo cedí mi única chancla a Martein, que se rompió una uña contra una piedra.
Dos horas después nos recogió el taxi para darnos un tour por otros lugares. Terminamos el recorrido en una de las playas más maravillosas que he visto jamás. La playa de las Conchas. Una amplia media luna de arena fina y clara, mar embravecido, de olas asesinas que llamaban a jugar con ellas. A Guillem le tiró una y pensé que le tragaba. Grité. Se acabó el juego. Cuando nos íbamos mi chancla y yo nos volvimos para echar un último vistazo. Un haz de luz que se filtraba entre las nubes teñía el mar de plata. Y lo filmé.
Lanzarote es una isla para ir en chanclas. Las mías duraron hasta el penúltimo día, el de la Graciosa.
Lanzarote es roca volcánica, es jameos, es mar, viento y cielo amenazantes. Es amabilidad y misterio.
El mar, el cielo, el suelo, te intimidan pero te dejan disfrutar de ellos.
Y fuimos felices.
lunes 18 de julio de 2011
