VIENTO Y KITE

domingo 23 de octubre de 2011

Aterrizamos en Málaga y después de hacer un brunch en casa de mi cuñado en Calahonda, Mijas, nos dirigimos hacia Conil, parando frente a Gibraltar para divisar el peñón, y contarle a mis hijos cómo ese pedazo de roca y alrededores no es territorio nacional, por un tratado en el que se cedió a los ingleses, después de perder una batalla contra ellos con un montón de barquitos y cañones. Y no pudieron dejar de exclamar «Gribraltar español»!

Después pasamos por Tarifa, y llegamos a Conil, nuestro destino.

El primer día en la playa de la Fontanilla nos acercamos a la zona que llaman la charca, donde sobre volaban cometas de kite, en busca de alguna escuela de kitesurf.

El viento de levante elevaba tres palmos la arena de la playa y nos golpeaba las piernas como si nos lanzaran cabezas de alfileres.

Al llegar a la charca se nos cruzó una surfista descarada y simpática, de bonitos ojos verdes como el mar, que le pidió a mi marido si por favor le subía la cremallera del traje de neopreno. Caray con las gaditanas!

Después de haber intimado le preguntamos si conocía a algún profesor de kitesurf, entonces señalando al mar gritó el nombre de Rafa, su novio, que enseguida salió del agua. Rafa tenía también unos ojos verdes preciosos y así se lo dije. Caray con las gallegas!

Parece que estaría dispuesto a enseñar al enano, como llamó a mi hijo mayor. Regresamos donde habíamos extendido las toallas ahora enterradas en la arena y reservamos en La Fontanilla, que pasó a ser el restaurante de los almuerzos a pie de playa. La barriga de atún al horno o la lubina a la sal, tortillas de camarones, gazpacho y ensalada formaban parte de nuestro pan de cada día.

Olía a verano, sabía a verano, pero no lo era. Estábamos a 17 de octubre.

A petición nuestra en el hotel nos habían cambiado dos triples sin comunicar, por una suite enorme, con dos dormitorios, dos baños, tres televisores, salón, y una terraza impresionante situada justo en el centro de la fachada frente al mar y la piscina. Tumbonas, sombrillas, mesas, sillones, plantas, y hasta tendedero. Temporada baja y amabilidad gaditana.

Los días transcurrieron entre baños de sol y mar. Y pescaíto.

Pendientes del viento, por exceso o por defecto.

Cada mañana llamábamos al profesor. Y no sólo nos preocupaba el viento. Hacer kite y pesar 33 kilos como mi hijo es complicado. En un airón acabas en Marruecos. Su padre le acompañaba en las clases, sobre todo para agarrarle por las piernas para que no saliera volando.

En este deporte primero se aprende a manejar la cometa en la arena. Se puede navegar la cometa a partir de 12 nudos.

La cometa de kite consta de una parte central que se llama la boca del viento y unas costillas en los laterales. Los tubos hinchables de las costillas se denominan condones. Las hay de 9 metros para adultos y viento ligero, 12 metros para gordiños y viento más fuerte.

Por falta de viento no llegaron a probarla en el agua. Es una asignatura pendiente.

Los gaditanos se refieren unos a otros como «pisha». Por ejemplo como reza la camiseta de souvenir de mi hijo: «pisha, no tor mundo pue ser de Cái «(Cádiz). O «qué va a hasé esta tarde, pisha».

Y creo que a las gaditanas se les dice» shosho»: Anda,  pásame la sal, shoshito». Los niños, que son muy espabilados, enseguida le dieron juego a este idioma, y con el pisha por aquí y el shosho por allá, una tarde paseando por Cádiz, paramos a una viandante para preguntarle cómo llegar al puerto. Nos indicó todo recto. Mi hijo mayor muy bajito, pero no suficiente para que yo lo oyera, espetó  «gracias shosho».

Fuimos al puerto para ver un galeón español de los de antes, de los de la batalla de Trafalgar, llamado La Pepa que commemora los doscientos años de la existencia de nuestra constitución, coloquialmente llamada igual que el galeón. Allí nos dijeron que se abriría al público en noviembre. A unos metros de la Pepa, había un barco tan grande como el anterior.  En la cubierta unos jóvenes se tomaban unas cervezas. Esto contrastaba con  otros que a nuestro lado y sin camiseta, realizaban ejercicios durísimos propios de un castigo.

El primero era una combinación de diez flexiones, apoyados en unas mancuernas que podrían pesar 10 o 12 kilos cada una, luego sin pausa se levantaban sujetándolas y alzándolas a un tiempo, para volver a la posición de flexiones.

En el segundo ejercicio utilizaban una bola de plomo de unos 10 kilos o más, que sujetaban por una anilla, y que balanceaban desde arriba pasándola entre las piernas hasta que los brazos ya no llegaban más lejos, y vuelta a empezar. Los músculos de sus espaldas sudorosas perfectamente trazados.

Y así repetidamente, una y otra vez hasta que nos cansamos de mirarlos.

Sobre el mar de fondo el sol anaranjado como una calabaza enorme desaparecía bajo la línea recta del horizonte.

Aquellos días disfrutamos de atardeceres grandiosos desde el paseo marítimo, desde la estupenda terraza de nuestra suite, desde el coche. No tor mundo pue se de Cái, pero sí pue disfrutá de sus puestas de sol.

Volvimos a Mijas y pasamos nuestro único día de lluvia en familia.

Regresamos en avión a Bérgamo, donde aprovechamos siempre que podemos a darnos un paseo, como dicen los letreros,  por el «area pedonal»  y tomarnos una buena pizza. Y así pusimos fin a estas maravillosas y relajantes vacaciones.

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