La mañana comenzó de perlas en casa de María.
Además de café y un montón de dulces para acompañar, María había dispuesto una serie de cajas sobre la mesa del comedor llenas de diferentes abalorios con un denominador común: perlas traídas de Shanghai.
Después de saludar a las más madrugadoras nos abalanzamos sobre las cajas. Perlas, perlas, perlas!
Estaban repletas de saquitos de vivos colores, y al lado muy ordenadamente se apilaban pañuelos y pasminas vistosos, además de otros pequeños artilugios con un toque exótico, como marcadores de páginas para el libro de mesilla.
Una docena de manos revolvía entre las cajas de saquitos que dejaban entrever pulseras, anillos, gargantillas, y collares y la misma docena de ojos buscaba la joya más de su gusto.
Revolver lleva su tiempo. Sobre todo porque cuanto uno más revuelve menos encuentra.
Revolver también confunde. Las manos se mueven más rápido que el cerebro y para cuando te das cuenta de que una pieza te gusta ya la has soltado.
Luego surge la duda. Me llevo el rosa o el verde, me llevo uno o tres para regalo. Y el celo. Yo quería una pulsera igual a la tuya.
Y pierdes la noción de la medida, del número y sobre todo, del tiempo.
Llamamos al restaurante para retrasar el almuerzo.
Me compré cinco anillos casi iguales muy recomendables para mi futura artrosis, con un elástico cubierto de perlitas finalizando en dos ruedas de brillantitos y una piedra de color en el medio. A día de hoy sólo me quedan tres. Uno se reventó cuando metí la mano en el bolsillo de mi pantalón vaquero de Zara. Del otro guardo una perlita de recuerdo de las decenas que saltaron por los aires cuando saltaba en el trampolín con mi hija.
Por suerte un reducido grupo que había terminado su compra se adelantó al restaurante.
El resto continuábamos revolviendo, dudando y pagando. Me quedé sin blanca pero a cambio tenía un puñado de saquitos de colores.
Se decidió ir caminando a nuestro destino. Resultó estar más lejos de lo esperado, o al menos esa era la sensación para las que llevaban tacones, cuesta abajo, y aunque se nos pedía que aceleráramos el paso, intuitivamente uno sabe que no se debe de hacer. Es arriesgado. Te puedes torcer un tobillo o caerte de bruces, o las dos cosas.
Después de dejar la estación de Sins a la izquierda, y pasar por debajo de un túnel llegamos al restaurante. Estaba construido en madera, al estilo del lejano oeste o Far West. Podríamos imaginarnos almorzando en Arizona perfectamente. Aunque nunca he estado en Arizona, tampoco en Shanghai. El interior muy espacioso y vacío a excepción de dos hombres vestidos en monos de trabajo. En el porche al lado de una mesa ocupada por un puñado de trabajadores, se encontraba el primer grupo que ya había terminado su ensalada y su sopa del menú, y comenzaba con el plato principal.
Algunas chicas pidieron una ensalada más grande en lugar de la sopa, pero la mecera, como dirían mis queridas amigas, tomó el pedido incomprensiblemente como un plato aparte, a mayores del menú, lo que resultó en una pequeña discusión, aclarada enseguida gracias al dominio del alemán, al temperamento, y a la buena voluntad.
Ileana propuso comprar lotería de Navidad en España juntas para compartir la suerte, igual que compartimos almuerzos todos los jueves.
Y como tenía prisa, estaba desplumada, y el local no admitía el pago con tarjeta, me vino a rescatar mi vaquero en nuestro caballo Gran Scenic. Y allí os dejé, solitas, en el Far West.

