CRÓNICA DE NAVIDAD FIESTA FOGOSA

jueves 1 de diciembre 2011

A las 12 en punto como se requería en la invitación hice mi entrada.
Lo sabía!!! Ya habia una decena de chicas relajadamente conversando, todas guapísimas. También sabía que me iba a olvidar el regalo de la amiga visible, y así fue. Qué pena conocerse tan bien!  Es que…entre los nervios de la celebración más importante del año y que no dormí bien la noche anterior… A las 3 de la mañana mi hijo Guillem entró en nuestro dormitorio diciendo que había un gato blanco sobre su cama poniéndole el culito en pompa, que primero pensó que era su hermanito hasta que se fijó bien.  Yo  me froto los ojos para despertarme de un sueño, giro la cabeza, y a través de la puerta entreavierta diviso un gato. Y grito. Hay un gato en el pasilloooo!!! El susto es soberano, porque se entiende que no tenemos gato, ni blanco ni negro.
Guillem explica que el gato le bloqueaba la puerta para salir a pedir ayuda y desde ese instante mi hijo ya había decidido  pasar el resto de la noche en nuestra cama. Encargué el trabajo sucio a mi marido, que se armó de valor para indicar al pequeño felino el camino de vuelta. Hoy tuvimos que inspeccionar la zona para comprobar que no había gatos en la costa.
Vuelvo en medio de la niebla al almuerzo. Compruebo que otra veintena de guapísimas chicas siguen parloteando, esta vez con una copita de proseco en la mano. Me apresuro a servirme uno, pero nuestro amigo el camarero se ocupa de eso por mí. Ya se va a efectuar el brindis, y busco apresuradamente los ramos de flores que bien merecidamente se llevan nuestras queridas Eve y Adri, encargadas de este gran evento.
Hago un pequeño speech de agradecimiento entre nervios. No sé ni a donde mirar. Les entrego los ramos chorreando de agua. Mis queridas amigas no saben cómo secarse las manos. Las observo y me siento culpable. Están tan guapas e incómodas con las manos húmedas. Quiero poner solución y busco una servilleta divinamente doblada en forma de abanico. Leo el nombre de la tarjetita perteneciente a esta comensala, y pienso que la pobre de Lucía no tendrá con qué protegerse del aliño francés de la ensalada que había escogido.
Y llega el momento de repartir regalos. Y bla, bla, bla, y aaaaaah! qué bonito!  gracias, y bla, bla, bla, y uuuuuuh, me encanta!  y bla bla, bla y…qué te toco a tí?
Según la hora prevista, nos sentamos en nuestros puestos, indicados por un cartelito con nuestro nombre y elección de menú.
Y de pronto, delante de mis narices un papel azulado se prende con el fuego de una velita inocente y decorativa. La primera reacción por la llama aún pequeña es la de Lourdes, que sopla para apagarla. Mónica ante el miedo de propagar la llama a Manuela o a mí con el soplido, levanta el papel en llamas y corre despavorida, no sabe a donde. Nara siente el fuego en su espalda. Las reacciones son múltiples. Yo grito foto! foto! por mi faceta periodística,  hasta que veo a un niño en su sillita y grito el niño!el niño! Marian se levanta preocupada. El camarero inerte, observa la escena. Por fín Mónica decide soltar la antorcha sobre la moqueta, reavivada en el correteo, y el camarero y la propia Mónica consiguen reducirlo.
Pasado el susto, los comentarios son lo mejorcito. Que si no nos llegaba el presupuesto para fuegos artificiales, que si era la antorcha de las olimpiadas, que si el noticiero diciendo el coloso Bauernhof en llamas, total, que la próxima queremos otro comedor, que ese está quemado.
Llega el primer plato, mi sopa deliciosa. El segundo. Todo buenísimo. Claudia se levanta para dar unos regalitos, no recuerdo por qué, y Lorena, antes de que se marche Lourdes, hace una rifa de unas orejeras rojas para el frío y otros usos que no dejamos de inventar para seguir con las risas de esta fiesta. La afortunada es Martha, que ha prometido sacarle partido todo el invierno.
La llegada del postre se retrasaba tanto que decidí darme un paseíto al otro lado de la luna. Cuando regreso a mi sitio mi apfelstrudel de postre había sido devorado! Regreso al otro bando y robo uno, asegurándome que no tiene dueña. Más que comérmelo, lo destrozo,  después de haber engullido el helado de vainilla que le acompañaba.
Y llegamos a los cafés y a la desbandada. Unas a por los peques. Las otras recibimos la noticia de que debíamos abonar las bebidas. No puede ser! Pero en qué mente cabe elaborar un menú, ponerle precio, y no incluir la bebida, pero sí el proseco y el café?
Se paga y ajustamos posiciones ocupando la mitad de una mesa. La guasa sigue. Que si nos podían invitar a un chupito, que si cuidado de hablar español en entornos desconocidos… Nuestro amigo camarero nos alerta de que hay un bolso bajo la mesa. Mónica grita mío, mío (casi como el gatito intruso de antes), y el camarero se ríe. Pero Mónica, le has hablado en español, le decimos, pero el pillín nos sorprende con la frase, chicas bonitas. Lo típico.
En el contrato ponía que nos podíamos quedar hasta las 17.30, pero decidimos irnos antes de que nos echen, sin parar de reir.
No hay duda, hemos dejado huella, al menos en la moqueta.
Feliz Navidad a todas!!!

Dedicado a todas.
Ra

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